domingo, 23 de diciembre de 2012

LA CIUDAD DE PIEDRA / Diógenes Troncone


Después de "Canaima como protagonista de la selva", Diógenes publica "La Ciudad de Piedra", su segundo libro, que también denomina en uno de los diálogos \"La Ciudad Megalítica y que hubiera podido llamar "La Guaricha" como la novela de ambiente bucólico de Julián Padrón.
"La Guaricha", de Julián Padrón es la mestiza en flor que asedian y raptan llaneros y hacendados hasta encariñarse como lo hacen con la misma tierra. "La Guaricha" de Troncone no tiene idea de dónde es, si es de la etnia Aruca mezclada con Caribe, mestiza con blanco o cuarterona. Solamente se conjuga en tiempo presente y se declara ciudadana del mundo con un espacio vital: la Ciudad de Piedra o la Ciudad Megalítica, por estar montada sobre una pirámide ingente con ambiente pétreo donde, por consiguiente, se camina sobre piedras, se vive recostado a las 'hiedras aunque sin ingesta de piedras porque sus habitantes están hechos de piedra
La Guaricha lleva sostenidamente el hilo de la narración o :conversación, parecida a veces a un soliloquio que le sirve al autor para liberar las sensaciones de gozo o de su eterno padecimiento por la ciudad que terminó de sacarlo del vientre de la madre.
Nadie ha disfrutado y padecido más esta ciudad con paisaje alucinante, personajes, supersticiones, mitos, torturas y pasiones que Diógenes Troncone, un maestro de escuela que se hizo grande en la universidad, en el aula de algarada intensa y en la ciencia pedagógica, que se aprende en vericuetos, calles y, algunas veces anchas y otras estrechas. Siempre él cargó a cuestas con la ciudad no obstante la dureza de la piedra eternizada en la memoria de la historia y en una geología en evidencia cada mañana y cada tarde cuando el Sol muere por enésima vez en la llanura de su mesa o en el horizonte occidental de su crepúsculo.
La ciudad nació un día en que todo se volvió espuma después del desbordamiento sobre la misma piedra, exactamente cuando sus fundadores pretendieron ver los colores del prisma en cada burbuja de la álgida efervescencia; desde entonces son los colores del atardecer que el pintor busca ansioso en su paleta y que Soto sólo pudo hallar en el rielar angustioso de las aguas y la intermitencia del moriche.
Desde entonces la ciudad no ha dejado de crecer y padecer, tanto como el autor que la llevaba a cuestas en busca de un destino que ahora una grácil guaricha pesquisa deslumbrada sobre la misma piedra erizada de puentes, saltos y toboganes, de zanjones y casas que parecen fortalezas, casas con azoteas moriscas y grandes ventanales, descomunales puertas con bocallaves y mascarones con aldabas, candelabros y cortinas de celosías. Casas que van bordeando y moldeando las ondulaciones y sinuosidades de la roca o que parecen sembradas o, más bien, cinceladas por la mano artesanal de un telúrico alarife con sueños de grandeza. Esta Guaricha que va descubriendo la ciudad al ritmo ancestral de una aruca y que inquisitiva y sigilosamente van siguiendo pescadores, indígenas, ancianos y rezanderas, nadie sabe de dónde vino ni cómo llegó a las riberas del río, si de Casanare o Maturín donde existe un parque con su nombre o si de Mérida o la Isla de Coche donde la tradición festiva se gasta a coro de guarichas. Lo único cierto es que conduce el relato al tiempo que va descubriendo los héroes, leyendas y emblemas de la ciudad de piedra hasta que la sepulta el río en el punto donde nunca más se detuvo el sortilegio de la totuma y la vela que también, como a ella, se la tragó el chapichapi que excita a los curiareros. Sin embargo los ribereños suelen verla en ciertas brumosas mañanas o por la tarde cuando sopla el barinés, la ven bajo atmósfera de encantamiento que emerge  como móvil estatua vaporosas sobre las ondas fluviales con la impecable ligereza de una gacela o de una nereida que sigue los tentáculos de la mítica culebra de siete cabezas. 
Américo Fernández




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