viernes, 14 de diciembre de 2012

A GOLPE SECO / Pedro Osty



                                               
           
            Es cierto, amigo Pedro Osty, el hombre aprende a fabricar su existencia sobre las bases del tiempo que siempre son endebles porque  el edificio termina cayéndose tarde o temprano dentro de los pautados límites existenciales.
            La angustia del hombre  estriba en la arenosidad del tiempo y si no se rinde a ella prematuramente es por el estímulo de la palabra que actúa como algamasa del hormigón de la voluntad tratando de crecer como un do sostenido en el espacio.  Y  en ese crecimiento, más si es poeta como el autor de “A golpe seco”, el hombre suele  disfrutar de los colores “que la tarde nos regala en los espejos colgantes de sus escombros”.
            Puede, no obstante, en ese momento experimentar soledad (soy un solitario bajo mi piel) por la misma exposición de colores que lo cautiva.  Entonces comienza el calvario de las inquietudes por lo desconocido, por lo cósmico, y siente, acaso por miedo la necesidad de partir, de ausentarse de ese encuentro, pero la duda lo asalta y termina por  adherirse como “apéndice de sombra”  en el “vaiven del trapecio”, porque al fin, la vida es un trapecio que va y viene o como una ola que levanta y que nos hunde y que nos vuelve a levantar si antes no hay una playa de arena que nos absorba o de riscos que nos desintegre.
            Existen hombres angustiados, como Marcos Vergara en Canaima, que rompe el silencio telúrico con un grito o rugido desesperado y en ese instante es inevitable el sacrificio de la palabra no por “descuido” sino por imperativo del mismo estado anímico que como el sismo cuando es demasiado intenso, resulta  incontrolable e irresistible para la naturaleza humana.
            Otros en cambio, prefieren sujetare al instinto disciplinado o no de su vocación.  Sujetarse al canto de viva voz o literario, por ejemplo.  Pero, ¿Puede considerarse pecado gritar o cantar en el momento del crecimiento?  El poeta Osty lo duda (si peco / sea el agobio de la noche mi penitencia).
            Por su puesto, aquí se observa claramente, que es la noche inmediatamente después que ha  impresionado en su retina el fenómeno vesperal, cuando más se agobia o lo angustia las inquietudes del arcano y eso para el poeta equivale a una penitencia carcelaria que lo trasmonta y lo expone al riesgo del azar (siento un acopio de lejanía / me expongo a los riesgos / del azar /  dejo a disposición mi fecha).
            El estado de surmenage por más voluntad de hormigón que tenga, es inevitable y va al  encuentro de su carta de natalidad que  lo fija en escorpio como un parto improvisado, un accidente, pero fecundo en cuanto a producto aislado de su genomapa que lo convierte en una verdad, en una realidad, donde sólo él es su propio rival, es decir, él siente que es lo qué no pudo ser como tal vez estuvo pautado.  Y se burla del tiempo como un “exiguo tic tac”  del cual se ha desprendido hasta sentirse volátil sobre los prejuicios, lejano y sobreviviente.  Un sobreviviente capaz de escuchar “el paso de las nubes asido al galope de la noche, invicto amo de los trasnochados”.
            Y en ese estado de sumernage asciende, desciende, fluctúa “desde la nada al abismo, desde la forma hasta la tormenta del mundo” y afirma que  volverá  a su origen cuando parta “hacia el misterio”.  Entonces será otro día, sin solemnidades que no aspira, sólo un canto tenue, un haz de luz que lo despida “del mundo, de su vanidad” pues le vasta ser expresión disidente.
            El título “A golpe seco” nada tiene que ver con el contenido literal del poemario de Pedro Osty, publicado por la Dirección de Cultura.  Tal vez sí con la personalidad asumida para afrontar las inextricables complejidades existenciales que lo angustian o golpean secamente

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