jueves, 20 de diciembre de 2012

Héroes y espantapájaros / Mimina Rodríguez Lezama



Ciertamente, los héroes son esos que la poeta recoge como verdad en su imaginación creadora. Los héroes son bronce y ceniza del propio bronce modelado o ceniza de las victimas quemadas por el rayo incesante de la guerra.
Los héroes son eso, bronce y ceniza, estatuas inermes e inertes frentes a los espantapájaros que son superhéroes del camino, los que cuidan las siembras y hablan con la voz de los poetas, testigos del tiempo y del espacio, profetas, fantasmas, en fin, cruz aguardando al hijo de Dios dentro de un círculo, principio y fin de todas las cosas. Por eso siempre será así, la misma hambre cabalgando sobre la necesidad, la muerte y la grandeza. Por eso siempre habrá tantas batallas como héroes y cada año o tal vez menos, un hombre tipo como ese que exalta con cirios y coros de catedrales  la angustiada poeta. Un hombre tipo que como Piar será crucificado en la cruz del espantapájaros para que los niños y las palomas o los colibríes le teman; pero será siempre inútil porque el espantapájaros, ya lo hemos dicho, sumido en el alma del poeta, tendrá espacio y tiempo para ofrecer su testimonio, recordar el “regreso del principio” y que “todo final es una conjugación” .
            Y es que esos espantapájaros, testigos de la siembra y la destrucción, pueden hablar a través de su médium que son los poetas y decir la verdad que oculta el pasado de la infamia, porque la verdad, aunque la sepulte la gloria de los héroes, constantemente germinará  y de algún modo servirá para el hombre o las guacamayas que como Piar llevan un arco iris en la guerrera. Entonces no era necesario que se lo impusieran en la Plaza bajo el ruido de las balas porque ya al parirlo la mujer había pedido a cambio siete medallas con cinta tricolor.
            Mimina Rodríguez  Lezama que es poeta nacida en la tierra  del granero de la guerra emancipadora,  sabe por la memoria atávica y telúrica, de aquel hombre que conoció el espantapájaros y que vio pasar por su vereda cargado de tristeza  hacia designios aun no comprometidos. Sabe también del día que cayó y se hizo leyenda, del día en que sobre el bermellón de su corazón trizado anidaron los pájaros  sin temor a los espantapájaros y las balandras surtas y casi agónicas en el puerto.  De allí su narración con propiedad del drama de esta plaza y de estas calles de su pueblo, llenas  de casas solariegas en ruinas que lloran con lágrimas de paraparos y música de Quena la muerte de aquel hombre que llevaba en su guerrera un arco iris de amor.
Prólogo de Américo Fernández
               

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