viernes, 1 de febrero de 2013

VENTANA AL SOL / Iris Aristeguieta




“VENTANA AL SOL”
Iris Aristeguieta, nombre que se remonta a un pasado culturalmente denso, de severa re­ligiosidad, está aquí de vuelta con nosotros, retornando de la aventura más allá del Río, y nos ha traído con la serenidad que insufla el tiempo y la fructificación, este tercer libro de las vivencias más profundas de su ser ontológi­co.
Libro afiliado a la poesía como su pintu­ra, que busca en el encuentro con cada ama­necer la pasión de la luz que se cuela por los intersticios del alma de una sociedad imprede­cible.
Es el tercer libro de un largo camino que ya cuenta decenios, camino de polvo o lluvia que ha soportado grandes tributos y resistido enrevesados y atronadores raudales. En el que se decanta el tiempo de la mujer que ha queri­do vivir muchas veces de rodillas en los altares invocando lo que está más allá del ingenio fi­losófico y otras veces de pie como profana de los atrios donde se duda antes de intentar pe­netrar los insoldables misterios de Dios.
Es el tercer libro de la mujer que invoca la luz en la torre más alta y sólo acepta la ab­surdidad si ésta contiene respuestas luminosas. Mujer tal vez con alguna penumbra en su existencia que la ata en medio de sus ansias por una libertad más pura y sin fronteras.
Y hay en ese libro un hijo que debe re­sumir todos sus hijos o los hijos de la humani­dad entera porque cuando falta es como si el mundo quedara desolado y nunca los desam­para y con ellos cabalga sobre el potro del amor y también sobre el potro de la ira cuan­do los caminos son polvorientos y conducen a una bucólica opulencia que agoniza entre en­gaños y escombros. Entonces emergen como panes sembrados en la tierra los niños maci­lentos que le suscitan la pregunta sin respues­ta, donde está Dios o los guerreros o los caba­llos que atraviesan sin freno las montañas.
La tiza del alba raya su corazón de en­fermera que como la bella y hermosa Florence Nightitigale pretende impotente sanar las he­ridas de la guerra, o de esa otra guerra sin sal ni azufre que es el hambre de "los reyes del polvo y de la lluvia, de la acera solitaria o del periódico en la mano".
El amor está allí indudablemente en una de sus variadas maneras porque también nos lo hace ver en forma de chubasco azotándola en el balcón hasta el rechazo, amor que tam­bién puede eternizarse hasta el punto de obligarla a volver de rodillas tiempo después de su muerte. Hay un amor encendido en muchos de sus versos, un amor tal vez de hoguera o como canta Neruda, "de espadas y espinas abriendo en su corazón un camino quemante".
En fin, la poesía de Iris es una poesía que ha madurado su sencillez sin perder la se­renidad y el vigor del paisaje que le sirve de contexto vivencial.
Américo Fernández




No hay comentarios:

Publicar un comentario